Es, esencialmente, un término marinero que indica la absoluta quietud del aire que impide cualquier avance en un barco de vela.
Ayer fue un día de esta naturaleza. Las malas noticias se instalaron sobre el ambiente y nada las empujó ni hacia delante ni hacia atrás.
El presidente Hollande, en una ceremonia sencilla, tomó posesión de El Eliseo, símbolo del poder de Francia. Por la tarde iba a visitar a madame Merkel, la todopoderosa canciller de Alemania, en horas bajas después de que los votantes de Renania del Norte-Wesfalia certificarán que también muchos alemanes están cansados de la austeridad europea.
La bolsa española estuvo toda la mañana tonteando entre el verde y el rojo. Y Grecia se debatía al borde del abismo. Las profecías de Krugman sobre la salida del dinero de los bancos españoles escandalizaban, pero son la constatación de una permanente fuga de capitales.
La confesión de Luis de Guindos produjo mucho desconcierto: “España ha hecho todo lo que debía y podía”. ¿Entregados? Ahora, según el ministro de Economía, España solo puede esperar que alguien venga a remolcarnos.
Mariano Rajoy es un capitán que no se deja ver en cubierta ni en la tempestad ni en la calma. Diríase que está escondido para no tener que dar explicaciones a los pasajeros. Suenan las alarmas y el puente de mando parece vacío.
España es un universo huérfano de liderazgos a izquierda y derecha. Si hubiera elecciones, cada ciudadano solo podría salir a la calle por si encuentra a alguien con cara de candidato.
La confesión de Luis de Guindos es la manifestación del fin de la política. Si el Gobierno ya no tiene nada que hacer, casi sería mejor un directorio alemán que viniera a administrar nuestra pobreza.
La crisis más profunda no es ni siquiera la económica. Es una crisis total de confianza que se desplaza en todas las dimensiones. Hay tanto miedo que parece que no ha pasado nada. Hay tanta desesperanza que cualquier cosa puede ser digerida como inevitable.
Una sociedad sin liderazgos es una sociedad muerta. Una sociedad sin ejemplaridad en las instituciones y en quienes las ocupan, está tan desnortada que quizá la calma chicha es el mejor estadio que puede tener en la esperanza de que ya nada se mueva.
Domingo de resurrección. Muchos creían que el 15-M estaba muerto. Las plazas y las calles volvieron a llenarse. De nuevo se abrieron las grandes alamedas. Hubo determinación; la indignación dejó atrás la resignación y volvió a eclosionar al aire libre. No hubo violencia sino resolución. El Gobierno no pudo acudir a la existencia de “radicales” porque lo que discurrió por la calle era absolutamente razonable. Lo demuestran, incluso, las encuestas que se publican sobre el hartazgo de los españoles, incluidos muchos del PP, de todo lo que está ocurriendo y de la forma de gestionarlo.
Veamos: las plazas llenas, en pacífica valentía, y las encuestas publicadas certifican un descontento creciente. El vocablo “indignación” rebela un estado colectivo de desacuerdo radical con la falta de exigencia de responsabilidades a los causantes de esta tragedia colectiva. Desacuerdo firme con la diferencia con que trata el estado y sus instituciones a los ciudadanos comunes y a esa élite de privilegiados que siguen enriqueciéndose sobre la miseria de los pequeños empresarios y los trabajadores. Los jóvenes se sienten asediados por el desempleo, pero también por los recortes en educación y los nuevos límites a la libertad de expresión. La sociedad española es un barril de pólvora esperando una mecha.
España es un universo de civismo en donde casi seis millones de parados no han asaltado siquiera un supermercado. En donde el escándalo de Bankia encuentra comprensión: quizá no se pueda dejar caer al banco tan grande, pero con condiciones: ejercicio de responsabilidades a sus gestores, devolución del dinero que se han llevado y creación de una banca pública al servicio de los ciudadanos y no al servicio de los nuevos ejecutivos.
La pólvora está seca. No hay mecha, porque no se vislumbra un liderazgo capaz de dirigir el descontento a soluciones alternativas. El 15-M tiene un reto: la continuidad y la concreción de sus propuestas. No es fácil converger la corrección de los vicios que han hecho increíbles a los partidos y sindicatos con nuevas formas de representación. Quienes dirigen el 15-M desde la sombra saben que su institucionalización desde el convencionalismo de partidos y sindicatos es una reedición de lo que no ha funcionado. Pero al mismo tiempo se hace imprescindible la elección de representantes que concreten políticas realizables para doblarle el pulso al poder. Dirección del 15-M con un control eficaz de todos los que participan en esta nueva forma de hacer política.
Ayer hubo una formidable demostración de fuerza cívica. Mañana no se puede disolver esa marea sin que quede un faro para alumbrar a los que quieren pasar a una acción democrática organizada. Hay que encontrar una mecha que inicie la explosión pacífica de la pólvora. No hay muchas más esperanzas y la aparición de la extrema derecha, la xenofobia y el populismo es la alternativa amenazante al fracaso de la política.
Cuando usted lea este artículo, François Hollande será presidente electo de Francia. Los ciudadanos griegos habrán dado un terrible voto de castigo a los partidos que se achicaron ante la prepotencia alemana. Afortunadamente, la tecnocracia se puede terminar cuando hablan las urnas. Y las primeras elecciones celebradas tras constatar el fracaso de la política de austeridad decretada por el tándem Merkel-Sarkozy ha resultado ser un castigo para esas tesis que han llevado la pobreza al sur de Europa.
Por si acaso, fuentes de la comisión europea se han apresurado a decir que se va a suavizar la exigencia de austeridad a países como España, con un mal endémico de paro. Nos han hecho sufrir para nada. Pero lo peor es que Mariano Rajoy, entusiasmado ahora con los recortes, se va a quedar fuera de juego en Europa, demostrando que la pérdida de respeto a su Gobierno no es solo una pandemia de países latinoamericanos que quieren recuperar sus recursos achacados de ataques de populismo.
En lo próximos días se aflojará la prima de riesgo, subirán las bolsas y empezarán los gurús de la economía a alabar las políticas que denostaban hasta hace quince días.
Los futurólogos del pasado, los economistas sujetos a la ortodoxia neoliberal, no quieren perder su condición de conductores de la economía. No pasan por las urnas, pero dirigen a los conservadores que han tenido la política sometida a los juegos de los mercados.
Se avecina un cambio de ciclo político en Europa. Angela Merkel va a tener que ceder ante la constatación de que una gran parte de Europa ya no acata su calvinismo impuesto desde un nuevo nacionalismo alemán.
Tal vez el PSOE de Rubalcaba haya aprendido la lección que la socialdemocracia no puede jugar con alpargatas en el terreno del neoliberalismo, donde los poderes financieros utilizan botas de clavos.
España está dormida, atenazada por un miedo paralizante que impide la reacción de los ciudadanos. El miedo se supera cuando existe una brújula que marca un nuevo camino. El dogma neoliberal había conseguido imponer su canción de que no había otra economía posible. Todo eso puede derrumbarse si se confirma -a primera hora de la noche del domingo, ya se conocerán los resultados de Francia- la Vitoria de Hollande. Y es un punto de partida para la reconstrucción de la verdadera socialdemocracia en Europa.
Por primera vez en la historia, un presidente de Francia pierde en la primera vuelta para conseguir su reelección. Las frivolidades de Sarkozy, su liasson con la política calvinista de Ángela Merkel le ha pasado factura porque además no ha servido, siquiera, para esconder las graves dificultades financieras de la economía francesa.
Los mercados no quieren a François Hollande en la presidencia de Francia. Lo demostraron el pasado lunes con fuertes bajadas en todas las bolsas europeas.
La crisis es un buen negocio para los bajistas y los especuladores que anidan en los mercados. Atacar al Euro -Georges Soros apuesta contra la moneda europea- es un negocio rentable. La subida de las primas de riesgo en toda Europa empobrecen a las sociedades que tienen que pagar más caro su endeudamiento.
La señal de alarma de los mercados ante la posible victoria de Hollande es un buen motivo para que todos los europeos apoyen la esperanza que significa un cambio en la presidencia francesa.
Paul Krugman se volvió a pronunciar contra la política de la señora Merkel. El prestigioso The New York Times señaló recientemente en un editorial que la política de austeridad de la UE significa empobrecimiento. Recordó que España no ha malgastado y que tenía superávit en el 2008 hasta que explotó la burbuja financiera.
Se produce la paradoja de que el PP, en plena ofensiva propagandista para recuperar imagen, secunda las tesis de Alemania sobre un supuesto derroche español. Echan lodo sobre el Gobierno de Zapatero sin darse cuenta de que esos argumentos caen sobre nuestras esperanzas. Pero quieren justificar la necesidad de los brutales recortes culpando a Zapatero. Ausencia total de patriotismo constitucional.
La victoria de Hollande significaría un cambio de ciclo en la política europea porque Alemania, sin el apoyo de una economía como la francesa, no podría sostener su cerrazón sobre la austeridad empobrecedora.
La segunda vuelta francesa es complicada. ¿Qué harán los cuantiosos seguidores de Le Pen? Muchos pueden apoyar a Hollande para deteriorar aún más el liderazgo de Sarkozy. Otros se pueden decantar por la abstención. Si Hollande aglutina a la izquierda y al centro izquierda puede ganar. Y muchos todavía defensores de Sarkozy pueden abandonar el barco antes de que se vaya a pique. Los días que faltan hasta el 6 de mayo prometen ser apasionantes. Los españoles no podemos votar en Francia. Pero podemos cerrar los ojos para fortalecer nuestros sueños.
Es imposible desconocer un consenso creciente sobre que las políticas calvinistas impuestas por la señora Merkel van a poner en peligro la continuidad de la Unión Europea. La recesión es una amenaza que no acecha solo al sur de Europa.
La intervención de España sería de tal calibre que arrastraría inevitablemente a Italia. El Euro no podría resistir esa debacle.
Francia, cuyo presidente en funciones, Nicolas Sarkozy, ha actuado de edecán del imperio alemán, elige un nuevo presidente en unas elecciones cuya primera vuelta se celebró ayer. Veredicto, definitivo, el seis de mayo. Si los resultados de ayer y los sondeos confirman que el ganador será François Hollande, todo comenzará a ser distinto a poco que cumpla sus promesas electorales. El futuro presidente se ha comprometido a revisar los acuerdos de la UE. Ha tejido una alianza con el poderoso SPD alemán y con sus colegas italianos y belgas. La socialdemocracia europea podría comenzar a despertar de su largo letargo exigiendo políticas que frenen el desmantelamiento del estado del bienestar y lancen a la UE por la vía de la expansión económica. Si esto es así, se producirá un cambio en las tesis que sólo defienden los neoliberales: ajustar impidiendo el crecimiento.
Ya ni el FMI, ni el presidente Obama ni un grupo de destacados economistas defienden que los recortes que impiden el crecimiento económico es la solución.
En el horizonte también están las elecciones generales en Alemania el próximo año. Los sondeos no vaticinan muchas facilidades para que Angela Merkel continúe gobernando su país. Esa conjunción astral de la política, en la que los españoles no tenemos capacidad de influencia, es determinante para nuestro futuro. Ninguno de los esfuerzos sobre humanos a los que Merkel, vía Mariano Rajoy, está imponiendo a los españoles es suficiente. Los mercados son insensibles a la tragedia de los españoles y solo señalan el camino del empobrecimiento de la sociedad española que además no solo no es la solución sino que promete varias generaciones de sacrificados.
La vista de los españoles está puesta en Francia. Como en muchas más ocasiones de la historia, el país vecino señala el camino de cambios para salvar la progresión de avances de la humanidad.
Si Hollande vence, hay esperanza. Ojalá pudiéramos votar por él; en España sacaría mayoría absoluta.
El problema no es solo España. El Euro está gravemente amenazado. La posibilidad de una intervención de España está presente como nunca lo ha estado. Y la quiebra de España arrastraría las economías más débiles de la Unión Europea, empezando por la de Italia. La dimensión de la economía española es mayor que la suma de las economías de Grecia, Portugal e Irlanda. Una intervención de España sería de tal calado que pondría la supervivencia del Euro en una situación imposible.
Alemania ha regresado al nacionalismo con una deriva xenófoba hacia los países del sur. Ángela Merkel se ha zafado del liderazgo europeo que Alemania había adoptado desde el nacimiento de la Unión Europea para refugiarse en la pretensión de una Alemania grande en una Europa débil. Su miopía electoral, además, le hace perder las elecciones regionales y prepara el camino para una derrota en las elecciones generales del año que viene. La recesión se instala en Europa en el momento en que los ejes de la política internacional exigirían una Unión Europea sólida y homologada para garantizar su presencia en un mundo cambiante.
Alemania está provocando la eutanasia de una Europa en decadencia y está dinamitando los sueños de una continente de ciudadanos libres e iguales. La presumible victoria electoral de François Hollande en Francia puede ser el punto de inflexión hacia nuevas políticas en Europa que compaginen los pagos de las deudas con políticas expansivas que permitan el crecimiento económico. Alemania no se ha dado cuenta de que la pobreza de la Europa del sur garantiza su declive económico.
Mientras tanto, Rajoy ha perdido la credibilidad y el control de la política española y ha demostrado su incapacidad para cualquier iniciativa europea. La tragedia española radica en la mediocridad de su clase dirigente -PP y PSOE incluidos- y en el sometimiento a la población de unas medidas de empobrecimiento que ahora, con los nuevos anuncios represivos sobre los derechos de opinión y manifestación, toman, además, una deriva autoritaria.
El dogma neoliberal instalado en la mayor parte de los gobiernos europeos pretenden que no hay otra política posible más que el empobrecimiento de los ciudadanos del sur. No hay voluntad pero sí hay otras políticas posibles. Y ahora mismo la responsabilidad la tienen los ciudadanos de España y del resto de Europa para recuperar la acción política que someta a los mercados a la soberanía de lasinstituciones de la democracia.